A la parrilla

Come on baby light my fire

Written by Dario

the doors fire

Sin lugar a duda alguna, uno de los principales ingredientes para hacer una buena comida es la paciencia, y a diferencia de otras recetas, en el caso de un asado este recurso (no renovable según neuro científicos de la Universidad de Iowa) se pone a prueba desde la preparación del fuego.

Particularmente hasta hace pocos meses atrás maquinaba alguna forma sutil de escapar a esta responsabilidad. Si sos libre de imaginar cuantas excusas quieras, tené por seguro que las habré utilizado, e inclusive en ocasiones las convertí en condición innegociable para aceptar ser parrillero de alguna que otra reunión con los perros.

Esto me permitió ser testigo de una y mil técnicas de como hacer fuego ya sea con carbón o leña (más adelante dedicaré alguna entradita para este controversial enfrentamiento (?) entre materiales combustibles), casos de éxito y de fracaso, tiempos récords, iniciadores y aceleradores de combustión en sus diferentes presentaciones, de todo y para todos los gustos, desde lo primitivo hasta lo sofisticado.

Estoy seguro que de haber una Biblia del parrillero, el capitulo 1, versículo 1 del Génesis empezaría con: Prender un buen fuego con fósforo, papel diario y pantalla.

Recuerdo un domingo soleado, uno más de asado con la familia cuando sentí la curiosidad de saber cómo -carajos- mi tío Fanchi (Francisco) lograba esa obra maestra perfecta, la sensación era como la de estar sentado al lado del propio Lennon componiendo Imagine o de aquel ilustre genio anónimo creando el megamix de los Angeles Azules, sentirte libre de identificarte con cualquiera de las comparaciones o con las dos si tenés carácter (?)

Mi curiosidad iba más de ser un mero observador, por lo que mi primera tarea fue la de buscar una botella de coca de litro, a lo que le siguió hacer argollas con las hojas de diario. Más adelante ambos elementos, argollas de papel y botella, eran utilizados para formar un círculo (casi perfecto) el cual era rodeado cuidadosa y equitativamente por el carbón. Luego, la botella era remplazada cuidadosamente por algunos trozos de carbón. El toque final: fósforo y voilá! un fuego consistente (gracias a las argollas de papel, según mi tío) que, ayudado apenas por la pantalla, iba consumiendo la mayor cantidad de carbón posible.

Desde ese entonces hasta hoy en día acumulo experiencias invaluables, desde ver una persona que con toda la paciencia del mundo selecciona carbón por carbón y lo va colocando tal tetris; hasta ver a un amigo, conocido de estas latitudes, utilizar el secador de pelo de su esposa para acelerar la combustión del fuego.
Debo confesar que hoy en día ya no escapo a la responsabilidad de hacer el fuego, pues egoísta yo, deseo llevarme todos los créditos del resultado final. Eso sí, jugando de local he reemplazado el combo diario-botella por las pastillas de alcohol (recomendado), pero cuando voy de visitante el co-autor tácito de mis asados sigue siendo el tío Fanchi.

Ya lo decía una publicidad de una marca de cervezas belga: “La perfección tiene su precio”, un buen asado no escapa de este slogan, así que dedíquenle el tiempo y la paciencia necesaria a preparar un buen fuego.
Compartir esta experiencia de mis inicios como parrillero no es más que un homenaje al tío Fanchi, quien ese domingo soleado, doblegó su paciencia para mostrarme como empezar a transitar por el camino de la perfección parrillera.
Metéle pues vos también una anécdota-homenaje a tu maestro parrillero.

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Dario

Laburante de IT, post-30, carnivoro de corazón y una especie de chef trovador. Tengo el "yo hago el fuego" difícil.

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